martes, 7 de marzo de 2017

El lenguaje inclusivo y el Día Internacional de la Mujer



El lenguaje inclusivo en el Día Internacional de la Mujer
Luis Paulino Vargas Solís
 
Esta celebración data del 28 de febrero de 1909, cuando por primera vez se realizó promovido por las Mujeres Socialistas y el Partido Socialista de Estados Unidos, en homenaje a la huelga de las trabajadoras textiles en Chicago y Nueva York, realizada en 1908. Desfilaron por las calles de Nueva York unas 15 mil mujeres que reclamaban mejores salarios y derecho al sufragio. En 1910, con motivo de la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas realizada en Copenhague, Suecia, se proclamó el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a propuesta de Clara Zetkin (1857-1993). Rosa Luxemburgo (1971-1919) es otra de las figuras pioneras de estas luchas feministas y socialistas.

Es importante recordar estos detalles para dimensionar en su justo alcance y significación lo que significa el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer. No es –definitivamente no– una celebración corronga y glamorosa en estereotipantes colores rosa, ni pretexto para repetir frases melosas que tan solo quieren encubrir con vestimentas de seda la realidad de la violencia de género y la histórica discriminación de que las mujeres han sido y son víctimas. Que jamás se olvide que la primera forma de propiedad privada que existió en la historia de la humanidad, fue la que los hombres ejercieron sobre las mujeres, devenidas trofeo de guerra y objeto de saqueo en los pillajes.

Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo
Pasados siglos y milenios, esa realidad cambió en parte su forma pero lamentablemente no su sustancia. El cuerpo femenino ha sido territorio colonizado por el patriarcado, y a las mujeres se las ha privado de su propia vida, convertidas en servidoras para otros; negadas de sí mismas o bien en adorno que el varón –sobre todo el varón de clase alta, burgués o aristócrata– ha exhibido como prenda de consumo suntuoso.

En ese contexto, la lengua, el idioma, no ha sido, en modo alguno, territorio neutral ni inocente. Y ello es importante recalcarlo en tiempos en que se reiteran las muestras de incomprensión sobre el valor que representa el uso de lenguaje inclusivo. Es muy llamativa la frecuente apelación al argumento de autoridad, en relación con lo que sobre esto ha dicho la Academia de la Lengua. Recuérdese que el argumento de autoridad es un bien conocido tipo de falacia. Que en medios no universitarios haya quienes se lo tomen en serio no extraña tanto. Lo realmente alarmante es que sea repetido en nuestras universidades públicas.

Tómese en cuenta, antes que nada, que el idioma –cualquier idioma– lo hace la gente que lo habla. Puesto de otra forma: para que una lengua esté viva, se requiere que haya gente que la mantenga viva. Y ese es un hecho elemental que no depende en absoluto de que exista o no una “real academia” (¿existe acaso una real academia de la lengua bibri?). Pero, además, la lengua es dinámica y cambiante; la gente le da vida al usarla, y con el uso la transforma. En cambio, las “leguas muertas” jamás cambian. Nada de lo cual requiere permiso de ninguna academia, cuando más bien la Real Academia siempre va a remolque y la zaga de la dinámica viva de la lengua ¿Cuántas palabras y expresiones que por mucho tiempo fueron consideradas “incorrectas” por la Academia, terminaron por ser incorporadas a su muy académico diccionario?


Pero, además, considérese la capacidad performativa de la lengua y su poder insustituible como herramienta a través de la cual hacemos inteligible el mundo. De hecho, a los seres humanos nos es imposible representarnos ni comprender el mundo si no es a través del lenguaje, como también es cierto que el poder de nominación que la lengua nos proporciona actúa sobre la propia realidad y la transforma. Y, sin la menor duda, la forma misma como nos hemos representado la naturaleza a través del lenguaje es, con seguridad, uno de las fuerzas más poderosas detrás de la crisis ambiental que enfrentamos hoy día.

Igual con el género. Una lengua que representa la naturaleza, el mundo, la sociedad y nuestras formas de convivencia desde categorías exclusivamente masculinas y claramente patriarcales, al hacerlo así legitima determinadas relaciones de poder e invisibiliza porciones sustanciales de la realidad, con lo que, de paso, legitima las formas de opresión asociadas a aquellas relaciones de poder. Pretender que “hombre” es un concepto sinónimo y englobante del concepto humanidad, reafirma a través del lenguaje la invisibilización de lo femenino, el confinamiento de la mujer al espacio doméstico privado, su negación como parte –al menos la mitad– de esa humanidad y, por lo tanto, la negación de su derecho a vivir su vida y vivirla según su propia decisión.

El lenguaje inclusivo se hace parte de esa corriente infinita de cambio que renueva de continuo la lengua. Se entiende que pueda provocar incomodidad precisamente porque subvierte zonas de confort asociadas a determinados regímenes de poder y opresión. Obliga a mirar el mundo de otra forma; a desaprender mucho de lo aprendido y a aprender muchas cosas nuevas. Y, sin embargo, en el torbellino de cambios sociales, políticos y culturales que vivimos, es indudable que el lenguaje inclusivo llegó para quedarse.

Claro que todo esto plantea desafíos difíciles para los hombres. Son los desafíos asociados al esfuerzo por construir una sociedad más solidaria y empática; más justa e igualitaria y, en fin, más pacífica y convivible. Para los hombres implica ceder cuotas de poder, repensar su lugar en el mundo y su forma de relación con las mujeres. Repensar entonces las masculinidades, pero de una forma que reportaría grandes ganancias: en sensibilidad, afectividad y riqueza emocional. Pero –no lo dudemos– también esto significa repensar las feminidades tradicionales.

sábado, 18 de febrero de 2017

Una alternativa de izquierda es necesaria



Una alternativa de izquierda es necesaria

Luis Paulino Vargas Solís

Como pocas veces en mucho, mucho tiempo, el mundo está urgido de una alternativa de izquierdas. Una alternativa viable y persuasiva; cercana y entrañable a la gente de a pie. Pero, sobre todo, radicalmente democrática. Y es esta una necesidad aún más urgente, precisamente porque la crisis económica, política y cultural que asola al mundo entero –y en especial al occidente capitalista, rico y opulento–  está provocando una peligrosísima involución hacia propuestas de tintes claramente nazi-fascistas: intolerantes, xenofóbicas, misóginas, racistas, homofóbicas, tóxicamente machistas y violentas, rabiosamente enemistadas con la ciencia y el raciocinio. Y, tengámoslo claro, ello vale también para Costa Rica, donde están dadas condiciones que podrían favorecer el ascenso de demagogos provenientes de la derecha más recalcitrante.

Falsos redentores e izquierdas embaucadas

La figura icónica por excelencia de este ascenso de un fascismo trajeado de respuesta popular frente a la crisis, es Donald Trump. A él se han confiado las clases trabajadoras blancas estadounidenses, imaginándolo la respuesta ante la devastación que la globalización neoliberal ha traído a sus vidas. Pero, además, hay sectores nada despreciables de las izquierdas en el mundo entero, que se han sentido entusiasmados con Trump y que, inclusive, lo percibe como líder de un movimiento progresista. Lo cual resulta particularmente grave, ya que ello refleja una terrible confusión ideológica y una distracción de la fuerza que esos sectores representan a favor, paradójicamente, de una opción retrógrada y oscurantista.


No me extenderé mucho sobre ese punto, y tan solo lo ilustraré en relación con un detalle: el nacionalismo que Trump pregona, y que tan seductor ha resultado para esos sectores de izquierda que he mencionado, es del tipo más reaccionario que cabe imaginar. Un nacionalismo que se alimenta de una ideología xenofóbica y racista y que, asimismo, reivindica la identidad, no como factor que posiciona y concede un lugar respetable en un mundo diverso y multicolor; solidario e inclusivo, sino como fuerza que alimenta el odio a quien es distinto y establece un adentro y un afuera, entre quienes sí valen y quienes del todo son desechables. En esto, como en muchas otras cosas, Trump representa una negación violenta de cualquier ideario de izquierda que merezca respeto. O, como mínimo, el ideario de una izquierda de nuevo tipo, radicalmente otra, y, por lo tanto, dispuesta a reivindicar en forma radical, los valores de la vida, la paz, la democracia, la libertad, el pluralismo, la solidaridad, el respeto, la justicia y la inclusión, como pilares indispensable en el proceso emancipador que construya un mundo en el que, efectivamente, “todas y todos quepamos”.



Costa Rica: el riesgo de una involución neofascista

El coctel está servido y es peligroso: profundo descrédito del sistema político, de la institucionalidad democrática, los partidos y sus dirigencias; gran insatisfacción con las instituciones públicas y con la calidad de sus servicios; grave desprestigio de las burocracias públicas (en parte merecido, pero sobre todo inducido por una campaña mediática realmente obscena). Pero, además, la gente –y sobre todo la gente más humilde– siente que la economía no le responde; que el dinero (independientemente de qué tan baja sea la inflación) no les alcanza, que no hay empleo, que la incertidumbre económica es cada vez más atenazante. La desigualdad social asimismo produce mucha indignación, lo cual pasa también una factura al funcionariado público, que tiende a ser percibido –a partir de una generalización abusiva– como relativamente privilegiado.

Todo esto es, claramente, combustible para la muy inflamable demagogia de derechas. Los mal llamados partidos “libertarios” –ahora en versión duplicada– son insignes voceros de ese discurso oscurantista, de lo cual es excelsa muestra el pretendido referendo sobre RECOPE, una propuesta mentirosa, manipuladora e irresponsable. Pero hay más. También en sectores de la Unidad, pero sobre entre algunos “outsiders”, esos arribistas que estimulan el odio a la política para así apropiársela y desde ahí promover sus agendas de intolerancia y retroceso. Es lo que hizo Trump en Estados Unidos o Farage en Reino Unido. Lo que quiere hacer Le Pen en Francia y sueñan con lograr Juan Diego Castro y algunos otros en Costa Rica.

Las izquierdas: viejos y nuevos discursos

Las izquierdas deberían concebirse a sí mismas como heraldos y portadoras de un proyecto político de emancipación. Lo cual comportaría exigencias morales, intelectuales y afectivas máximas, en términos de una adhesión radical a la verdad, al respeto a la dignidad de la vida humana y de la vida de la naturaleza, como también una opción radical por la democracia y la libertad. Esto tiene múltiples, complejas y ricas implicaciones. Imposible tratar de desarrolla esas ideas aquí. Tan solo lo ilustraré diciendo que, a mi entender, la adhesión a cualquier gobierno, líder o partido, ha de pasar necesariamente por el tamiz de la comprobación de esa fidelidad a ese proyecto emancipador, sin quedar sujeta –como sin embargo sigue siendo frecuente– a criterios de mero realismo político. Porque, desde esta perspectiva, el poder político no es un objetivo en sí mismo, sino tan solo una herramienta para promover la emancipación social. El poder por el poder mismo, es solo un mecanismo de dominación. De lo que se trata, todo lo contrario, es de intentar la disolución de todas las formas de opresión, para construir así sociedades y seres humanos realmente libres. Pero, eso sí, sin perder de vista el sino inevitable de nuestra limitación e imperfección humanas. Lo cual podría resumirse en: aspiramos a lo mejor que esa fragilidad humana nos permita, pero bien sabemos que la perfección no está a nuestro alcance. Entender esto es indispensable para prevenir nuevas (o viejas) formas de dictadura y violencia. Aun haciendo lo mejor que podamos, no evitaremos el fallo. Y esto debe ser reconocido con humildad.

Pero la emancipación  no se logra sino es con la gente misma: a su lado, hablado su lenguaje; tratando de entender sus ideas; intentando sentir sus sentimientos. Resulta entonces patética la inconsistencia de izquierdas que se dicen “defensoras del pueblo”, no obstante lo cual lo tildan de estúpido mientras lo miran con desprecio desde la altura de su púlpito de iluminados.

La emancipación se construye dialógicamente, mirándose a los ojos en un cara a cara franco y respetuoso. No hay de otra. Es, primero que nada, una enorme tarea educativa y de cambio y elevación de conciencias, que exige capacidad persuasiva y de comunicación y respeto absoluto por las inquietudes y demandas que cada quien exprese. Por otra parte, y tratándose de una realidad social compleja y extremadamente dinámica, ello inevitablemente exige lenguajes nuevos, máxima creatividad y una enorme capacidad de adaptación, según la diversidad de circunstancias a las cuales hay que enfrentarse y frente a las cuales se requiere gran energía propositiva.

No se trata de repetir los grandes discursos que la ortodoxia de izquierda prescribe como liturgia obligatoria. Se trata, en cambio, de articular mensajes comprometidos hasta el tuétano con la verdad, pero que expresan esa verdad en un lenguaje amable, que despierte la inteligencia, toque la afectividad y gane el corazón de la gente, y sobre todo de la gente más humilde.

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