martes, 27 de septiembre de 2016

El fracaso de la liberalización bancaria en Costa Rica



El fracaso de la liberalización bancaria en Costa Rica

Luis Paulino Vargas Solís

En 1984, el presidente Luis Alberto Monge designó como presidente del Banco Central al Dr. Eduardo Lizano. Ya por entonces el profesor Lizano gozaba de notable influencia, sobre todo por la amplia cobertura que sus ideas recibían en los medios de comunicación más poderosos. Esa designación tendría implicaciones de largo plazo importantísimas, pues inauguraba una revolución de signo claramente neoliberal. Desde esa privilegiada tribuna, Lizano difundiría sus propuestas, hasta convertirse, sin apelación posible, en el ideólogo más influyente del neoliberalismo criollo, oráculo y sumo sacerdote en un mismo paquete. Y no porque sus ideas fuesen originales –que no lo eran– pero sí por su habilidad para adaptarlas al entorno costarricense.

Los escritos de Lizano de mediados de los ochenta y segunda mitad de ese decenio, trazan con precisión las líneas maestras que definirían los derroteros de la reforma neoliberal en Costa Rica. Con gran esmero se esculpía un discurso que justificaba tanto el desmantelamiento de los sistemas de protección a favor de la agricultura, en especial la de producción de alimentos, como los procesos de reducción de aranceles, lo cual implicó en aquel momento la apertura unilateral a las importaciones. El núcleo clave de la propuesta era la promoción de exportaciones –una suerte de neoproteccionismo neoliberal– lo que a su vez propiciaba un cambio de énfasis en los derroteros de desarrollo del país, al dejarse de lados los mercados nacionales y centroamericano a favor de los “terceros mercados” (Estados Unidos el principal; Europa la segunda).

Menos exitosas fueron las ideas de Lizano relacionadas con reducción del Estado y recorte de sus servicios, pero sí es innegable que sus planteamientos abrieron una veta discursiva centrada en la satanización de lo público-estatal, algo que, con impactos enormes, sobrevive hasta el día de hoy. De ahí, por ejemplo, la restricción impuesta a lo largo de muchos años sobre la inversión pública, de cuyos efectos negativos es innecesario extenderse.

Un aspecto central de los planteamientos de Lizano tenía que ver con el sistema financiero, lo cual a su vez tocaba también a la agricultura como, en general, a los sectores que producen para el mercado nacional, hasta entonces beneficiados por políticas crediticias y de tasas de interés discrecionales. Recordemos que, hasta mediados de los ochenta, el sistema bancario de Costa Rica estaba casi totalmente dominado por cuatro bancos estatales, y funcionaba bajo un control y regulación estrictas por parte del Banco Central.

Lizano dejó sentando –y en adelante eso pasó a ser dogma invulnerable– que la banca pública era muy ineficiente, y que esa ineficiencia tenía dos causas principales: su propiedad estatal y la falta de competencia. Lo primero agitó el espectro de posibles privatizaciones, pero parece que nadie quiso arrostrar el costo político de tal cosa (aunque si terminaron cerrando el Banco Anglo), cuando, a lo sumo, hubo momentos –sobre todo en la segunda mitad de los noventas– en que se habló de vender el Banco de Costa Rica para cancelar la deuda pública interna. Lo segundo –promover más competencia– tenía un corolario inevitable: favorecer el crecimiento de la banca privada.


Aparte los influyentes discursos de Lizano, respaldados por los medios comerciales de comunicación y poderosas cámaras empresariales, el impulso a la banca privada se dio gracias a recursos provenientes del gobierno de Estados Unidos. Ese dinero debía ser canalizado por la banca privada y proporcionaría crédito a las nuevas exportaciones. Se atacaban así, simultáneamente, dos objetivos: promover el negocio financiero privado y avanzar en el fomento exportador. La “mano visible” del Estado en la plenitud de su manifestación, como bien lo dijera el recordado Carlos Sojo.

Varias reformas legales (en 1984 y 1988) apuntaban hacia la liberalización financiera. Pero la realmente decisiva vino en 1995: se concedió a la banca privada acceso a las cuentas corrientes y el redescuento del Banco Central, cuya ley orgánica fue modificada a fondo. En adelante se tendría un Banco Central “autónomo” centrado en un estrecho y muy ortodoxo objetivo: el control de la inflación.

Pasados 32 años desde que Lizano emprendió su cruzada liberalizante, el sistema financiero de Costa Rica ha ganado en complejidad y sofisticación, lo cual incluye una frondosa y carísima burocracia dedicada a la regulación de sus distintos componentes (banca, seguros, pensiones, mercado de valores, etc.). O sean, la “mano visible” del Estado más esa suerte de doble personalidad del neoliberalismo: apego dogmático al libre mercado, excepto cuando al capital más poderoso le interesa que haya intervención estatal.


Al cabo de todo esto ¿qué hemos ganado con las transformaciones vividas por la banca? Evidentemente gozamos de florituras que hace treinta años resultaban inimaginables. Por ejemplo: una oferta de tarjetas de crédito realmente fascinante. Y la “Banca Cristal” ¡qué cosa maravillosa! Cajeros automáticos, servicios en línea y “plataformas de servicio” no cuentan, porque finalmente son resultado de la evolución misma de la tecnología y de los servicios bancarios. Pero la banca debería servir para algo más que generar imágenes publicitarias corrongas y brindar servicios bonitos al consumidor. Para algo más, ciertamente, que promover el consumo.

La banca debería ser instrumento activamente involucrado en los procesos de desarrollo y modernización de la economía, pero de forma tal que contribuya efectivamente a democratizar la propiedad y la distribución de los ingresos, promueva fuentes energéticas verdes y formas de producir que sean realmente respetuosas con la naturaleza. Y que contribuya a generar una economía de alto valor agregado, que incorpore conocimiento y  genere muchos empleos de calidad.

Nada de eso –excepto en dosis minúsculas– hace la banca costarricense actual. La mayor parte del crédito (alrededor del 60%) se destina a consumo y vivienda y constituye, por lo tanto, endeudamiento de las familias. Y si bien el crédito para vivienda puede ser positivo, en las actuales circunstancias de la economía y sociedad costarricenses, y en las condiciones bajo las cuales los créditos se gestionan, se convierte en una carga asfixiante. Como dijera Michael Hudson: he ahí la esclavitud moderna.

Enfocada además en negocios fáciles como el de la especulación inmobiliaria y centrada en los sectores corporativos más poderosos, la relación que ha establecido con las actividades productivas es del tipo vampírico: les chupa la sangre mediante el cobro de tasas de interés reales extremadamente altas. Es una banca rentística que, lejos de constituir una fuerza que empuja hacia adelante la economía, se convierte en una pesada ancla que la frena.

Al cabo de tres decenios, la reforma financiera de inspiración neoliberal es un fracaso completo. No admite otro calificativo.

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jueves, 15 de septiembre de 2016

2008-2016: la "nueva normalidad" de la economía costarricense



2008-2016: La “nueva normalidad” de la economía costarricense

Luis Paulino Vargas Solís

Desde 2008 la economía de Costa Rica entró en lo que se me ocurre designar como una “nueva normalidad”, la cual se establece y evoluciona pari passu con una “nueva normalidad” que también se estableció al nivel del capitalismo mundial. Desde 2008, y una vez que, gracias a una intervención estatal en escala jamás vista, se logró superar la fase aguda de la crisis, se estableció una situación crónica de muy bajo crecimiento, elevado desempleo y agudizados conflictos sociales y políticos. La crisis sigue viva, y ha venido evolucionando como dando bandazos: centrada inicialmente en Estados Unidos, en una segunda fase golpeó severamente a Europa y en el período reciente se ha ensañado con las llamadas economías emergentes, China incluida. Europa parece atrapada en un largo ciclo deflacionario, similar al que desde hace un cuarto de siglo mantiene atrapado a Japón. Y en Estados Unidos, con ser donde mejor han ido las cosas, sigue habiendo dudas de qué podría ocurrir si la Reserva Federal (banco central estadounidense) suspende ésa, como al modo de respiración asistida en que ha mantenido a la economía estadounidense, con la palanca del acelerador de la maquinita de hacer dinero a “full”. Todo esto ha llevado a una discusión entre economistas de la corriente hegemónica, acerca de lo que se teme sea una “fase de estancamiento secular”, es decir, de persistente bajo crecimiento a largo plazo. Las razones que se aducen son diversas, pero lo que sí es claro es que la economía convencional no ofrece respuestas satisfactorias.

Pues la “nueva normalidad” tica se ubica, y sin duda es parte, de esa “nueva normalidad” mundial. Afectada por esta última, pero también con causas y manifestaciones que le son peculiares. Muy sucintamente, esa “nueva normalidad” puede ser caracterizada de la siguiente forma:

1) Durante el largo plazo neoliberal comprendido entre 1984 y 2007, la economía costarricense creció a una tasa promedio anual del 5%. En el período 2008-2015 ese crecimiento cayó a 3.2%, lo que significa un desplome de alrededor del 35%.

2) Durante esa larga fase “feliz” del neoliberalismo criollo, se registraron tres picos de alto crecimiento en los alrededores de 7-8% anual. En el período posterior a 2007, el “techo” parece ser 5%. Vale decir: ese parece ser el nuevo “pico” bajo esta nueva normalidad, aproximadamente un 50% por debajo de los viejos “picos”.

3) En aquel largo plazo 1984-2007, se logró estabilizar los índices de desempleo en 5.5 a 6% (hubo momentos en que se le hizo bajar al 4%). Ahora, la “nueva normalidad” del empleo es, consistentemente, la de un coeficiente de desempleo en los alrededores del 9.5%. O sea, y de nuevo cuenta, algo así como un 50% o más, por encima de la antigua “normalidad”. No olvidemos, sin embargo, que el agravamiento de la informalidad laboral conlleva asimismo niveles de desempleo encubiertos realmente catastróficos. A lo cual se suma un fenómeno inédito: la contracción sostenida de la población ocupada o que busca trabajo, resultante, a su vez, de la desesperación que ocasiona la imposibilidad de encontrar un empleo decente, no obstante haberlo intentado reiteradamente.

 

4) En diferentes momentos a lo largo de ese extendido período 1984-2007, se dieron fases de agudización del problema fiscal: en 1990, 1994 y 2002. Como máximo, y en cada uno de esos tres momentos, el déficit fiscal llegó a ser del 5% como proporción del Producto Interno Bruto (PIB), pero en ningún caso mantuvo ese nivel más allá de un solo año. En esta etapa pos-2007, el déficit se ha mantenido en niveles relativamente altos de forma sostenida desde 2009, este año incluido. Solo en uno de esos años –el propio 2009– su nivel estuvo ligeramente abajo del 4% del PIB. En todos los demás superó el 4%, y en cuatro años, incluido todo el trienio 2013-2015, superó el 5%, con tendencia a acercarse al 6% del PIB.

5) Como consecuencia de lo cual, se ha dado un acelerado incremento de la deuda pública, la cual todavía representaba un 24.1% del PIB en 2008, y literalmente saltó a 41.5% en 2015. A su vez, esto provoca que el pago de intereses de la deuda sea el rubro del gasto que hoy crece más aceleradamente, al punto de convertirse en el problema principal detrás del déficit fiscal (ya representa más de la mitad del déficit). Cosa que, por otra parte, nos pone en un predicamento sumamente problemático: tomar más deuda para pagar intereses de la propia deuda.

Este 2016 no ha registrado ningún cambio apreciable. La "nueva normalidad" sigue plenamente "normal" en el noveno año de su reinado. Las élites políticas –incluido el actual gobierno– han optado por ignorar esta realidad. Quizá porque la estrechez de su mirada no les permite captar los movimientos de largo alcance a los que es necesario remitirse para entender esto. Quizá porque reconocerlo pondría en serio cuestionamiento la estrategia neoliberal vigente, y convocaría de forma explícita a la búsqueda de un reorientación de fondo del desarrollo del país. El poder económico, sin embargo, ha mostrado fisuras a la hora de enfrentar estas realidades. No necesariamente porque comprendan la parte teórica del asunto, sino porque toca su intereses de forma diferenciada, según el sector o sectores en los cuales se muevan. Los economistas del “establishment” se ha dedicado a ponerle capa sobre capa de maquillaje. Desde las organizaciones y movimientos sociales y desde la izquierda –Frente Amplio incluido– no ha habido tampoco ningún debate o reflexión seria. Lo cual inevitablemente impacta en su capacidad para generar una propuesta alternativa, integral y convincente.


Detrás del asentamiento de esta nueva y patológica “normalidad”, hay seguramente tanto factores internos como externos. Pero entreverados de una forma compleja, de modo que lo que viene de fuera influye y pontencia lo interno. Todo lo cual a mi juicio tiene que ver con lo que en diversos escritos (muchos de los cuales en este blog) he llamado “tercera fase del Proyecto Histórico Neoliberal (PHN)”. He ubicado el inicio de esa tercera fase hacia 2006-2007, es decir, un poco antes de que se estableciera esa “nueva normalidad”. Para no extender en exceso este artículo, tan solo diré que, a mi parecer, las razones de fondo detrás de ésta empezaron a asentarse justo hacia 2006-07, para luego manifestarse con toda claridad a partir del impacto, en 2008-2009, de la crisis económica mundial.

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Un artículo académico publicado en la Revista Rupturas del Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE) de la UNED: