domingo, 8 de enero de 2017

La economía de Costa Rica en 2017: más allá de las "medias mentiras" oficiales



La economía de Costa Rica en 2017: más allá de las “medias mentiras” oficiales

Luis Paulino Vargas Solís

El gobierno resalta con entusiasmo el desempeño de la economía en 2016. Según esta versión oficial, debemos celebrar una tasa de crecimiento del PIB algo por encima del 4%, entre las más altas de América Latina. La baja inflación, la considerable estabilidad del tipo de cambio y la relativa recuperación de las exportaciones y de los flujos de inversión extranjera, se une a este recuento positivo. También se agrega que se ha logrado “contener” del desempleo y reducir (aunque solo levemente) la informalidad laboral.

Sin embargo, cada uno de estos elementos positivos que el gobierno enfatiza, tiene una contracara que, muy convenientemente, omite mencionar.

Primero, el crecimiento económico relativamente más alto que los promedios latinoamericanos, es sumamente modesto si se le compara con los estándares históricos de la economía costarricense. De hecho, si damos por buena la versión oficial de que 2016 fue un año de “reactivación” (en realidad la reactivación empezó en 2015 y tendió a debilitarse en 2016), estaríamos sin embargo situados apenas ligeramente por sobre la mitad –casi un 50% por debajo–  de lo que solían ser las “reactivaciones” en el período previo a 2008. Dicho de otra manera: siendo un año presuntamente “alto”, todavía queda casi un 20% por debajo de lo que ha sido el promedio o tendencia histórica durante el período neoliberal comprendido entre mediados de los ochenta y 2007. Pero, además, debemos admitir que comparar con el resto de América Latina es, como mínimo, un criterio que apela a la mediocridad, precisamente porque éste ha sido un período crítico para nuestro subcontinente, tanto o más que el de los años 2008-2009, cuando afectó la fase aguda de la crisis económica mundial en los países ricos.

En cuanto al desempleo, el gobierno “olvida” mencionar que los logros aparentes que menciona no surgen, como debería ser, de la generación de más empleos, puesto que, todo lo contrario, el número de personas empleadas –como el de la fuerza de trabajo en su totalidad- ha venido reduciéndose sostenidamente. Lo cual hace evidente la fatiga y hastío por parte de miles de personas que, después de mucho intentarlo, jamás encontraron un trabajo decente. Y si hablamos de las exportaciones, no es posible ignorar que su recuperación está confinada a las transnacionales de zona franca, que poquísimo empleo y valor agregado generan. Las exportaciones originadas en empresas de capital nacional fuera de zona franca –que si aportan muchos más empleos–  siguen teniendo un desempeño muy gris.
Fuente: elaboración propia con base en datos de Encuesta Continua de Empleo, INEC

Retomemos, sin embargo, la comparación con el resto de América Latina para hacer ver otro de los “olvidos” gubernamentales. Ya que, contrario a la versión oficial, las condiciones internacionales han sido propicias para Costa Rica, casi en la misma medida en que han sido adversas para muchos de los otros países latinoamericanos. En general, la baja de los precios de materias primas (las llamadas “commodities”), ha dañado a la mayoría de las economías latinoamericanas, incluidos Brasil, Argentina, Chile, Ecuador, Colombia y Venezuela. En cambio, ello ha sido favorable para la economía costarricense, especialmente por la baja del precio de los combustibles. De hecho, en 2016 el país ahorró cerca de 1.000 millones de dólares por concepto de importaciones de derivados del petróleo. Súmese a lo anterior la persistencia, por ya casi una década, de tasas de interés internacionales en mínimos históricos, lo cual facilitó la atracción de capitales extranjeros que lo mismo financiaron consumo privado y vivienda por medio de crédito bancario, que contribuyeron a reducir un poco el costo del financiamiento, vía emisión de bonos, del déficit fiscal.

Por otra parte, y desde el lado de la demanda, un factor muy importante detrás del “satisfactorio” crecimiento de la economía ha sido, a su vez, el crecimiento del consumo de personas y familias. Este último ha contado, a su vez, con dos motores impulsores: el crédito –y por lo tanto la deuda– más el efecto favorable derivado de la pronunciada reducción en el precio de los combustibles. Este segundo factor actúa una sola vez (cuando los precios se reducen y no más), y, en todo caso, es un elemento transitorio que ya está empezando a revertirse, y que probablemente este año llevará los precios internacionales del petróleo a los $60 o $70 por barril. Por su parte, el endeudamiento para consumir, junto con el endeudamiento para adquisición o construcción de vivienda, han venido significando una carga creciente y cada vez más pesada para las familias, sobre todo las de clase media. Teniendo presente el sostenido crecimiento a largo plazo de la deuda privada, es muy posible que pronto se empiecen a manifestar fuerzas deflacionarias asociadas a esa deuda, conforme las familias se ven obligadas a limitar su consumo para poder sobrellevar las obligaciones correspondientes. En resumen: la dinamo del consumo posiblemente empiece a flaquear en 2017, con lo que el crecimiento de la economía también se debilitará.

Por otra parte, todo apunta a que las tasas de interés en Estados Unidos tenderán a subir en 2017. No cabe esperar cambios abruptos, pero la sola confirmación de que la Reserva Federal estadounidense ha decidido abandonar la política excepcional de bajísimas tasas de interés, seguramente implicará menores entradas de capital a Costa Rica y encarecimiento del financiamiento del déficit fiscal. Análisis aparte merece los posibles efectos que podrían derivar de las políticas que Trump ha anunciado, las cuales, vistas desde la perspectiva costarricense, comportan múltiples elementos contradictorios. Retomaré ese aspecto en un artículo posterior, pero, en general, dada la vigente forma de vinculación entre la economía tica y la gringa, las políticas del nuevo presidente estadounidense podrían traer más daño que beneficio a Costa Rica. En general, se hace difícil creer que pueda sostenerse el ritmo de recuperación de las exportaciones de zona franca y de las llegadas de capital. Lo contrario es, me parece, lo más esperable.
Fuente: elaboración propia con base en datos del Banco Central de Costa Rica

Por otra parte, es llamativo que en su Programa Macroeconómico para 2017, el ultra-ortodoxo Banco Central de Costa Rica anticipe una expansión menor del crédito, tanto en colones como, especialmente, en dólares, lo cual implica una apuesta hacia un menor crecimiento económico. Dado el contexto esperable de alza de tasas de interés en Estados Unidos y menor abundancia de capitales que alimenten el crédito y ayuden a financiar el déficit fiscal, es igualmente esperable un alza en las tasas de interés a lo interno, y cierta devaluación del colón, bastante leve ya que probablemente el Banco Central no permitirá otra cosa. De cualquier manera, no es cierto –no llega ni a “media mentira”– que las tasas de interés han bajado. En términos reales –o sea, comparadas con la inflación– han permanecido en niveles muy altos, cosa muy favorable para las ganancias de los banqueros, aunque dañina para la inversión productiva y la generación de empleos. La pregunta importante atiende entonces a la comparación entre el aumento en la inflación versus el de las tasas de interés, ya que de ello depende el que éstas se reduzcan en términos reales. No cuento con que esto último ocurra, ya que la inflación seguirá siendo muy baja, mientras el negocio fácil, de obtención de ganancias vía extracción de rentas por parte de la banca, seguirá incólume.

En resumen, en 2017 tendremos un crecimiento más bajo (posiblemente en los alrededores del 3-3.5%); igual o mayor desempleo; inflación ligeramente más alta; pequeña devaluación; tasas de interés elevadas en términos reales; mayor déficit fiscal.

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viernes, 23 de diciembre de 2016

Mirar el mundo desde la izquierda



Mirar al mundo desde la izquierda

Luis Paulino Vargas Solís

A lo largo del siglo XX, los proyectos políticos de izquierda en el mundo malgastaron mucha energía tratando de justificar el socialismo de impronta soviética, en el intento por convencer al mundo (y convencerse a sí mismos) que aquellas eran sociedad justas, igualitarias, democráticas y, en fin, que eran la avanzada emancipatoria de la humanidad. Al cabo resultó que no era nada de eso, y ni siquiera tenían –ni de lejos– el potencial económico que les permitiera competir exitosamente con el occidente capitalista rico, según la propuesta de coexistencia pacífica que lanzara Jruschov en 1955. Tristemente ello llevó a que las izquierdas del mundo –con la excepción de algunos sectores críticos minoritarios– estuviesen dispuestas a ignorar y, lo que es peor, a justificar las atrocidades que se cometía, desde los gulags hasta las invasiones a Hungría y Checoslovaquia.

Aquello implicó haber extraviado el camino. Porque si los proyectos de izquierda pretenden ser los que lideren los procesos de emancipación de la humanidad, su deber prioritario debería ser el compromiso con la verdad, o sea, con la búsqueda honesta de la verdad. Aunque ésta incomode, e incluso si contradice flagrantemente la propia ideología. Y en tal caso con más razón, puesto que, ciertamente, nunca se pone a prueba ese compromiso con la verdad, tan claramente como en aquellas situaciones donde la realidad lanza signos inequívocos de disonancia con las personales preferencias ideológicas. Pero se actuó a la inversa: se optó por ponerse una venda en los ojos, y más densa cuando peores eran las atrocidades del modelo soviético, y se hizo un esfuerzo realmente extenuante tratando de embellecer algo cuya fealdad hacía inútil cualquier maquillaje.

Recordemos que ser de izquierda ha significado históricamente luchar por sociedades realmente, sustancialmente justas, libres, inclusivas, pacíficas. Y es imposible concebir una sociedad que tenga tales características, si no se la construye sobre una opción moral de compromiso con la verdad, de respeto a la dignidad irrenunciable de la vida de cada ser humano y de confianza en las personas, en la gente y en su inteligencia, sensibilidad y capacidad de decisión. Ser de izquierda no implica necesariamente identificación con un determinado liderazgo, partido o proyecto político, o lo implica solo en un segundo plano. Porque cada una de esas cosas ha de estar sujeta al escrutinio crítico permanente que permita valorar su fidelidad a la aspiración de libertad y justicia que subyace al ideario de izquierda. Y quien reniega de la búsqueda de la verdad, atropella la dignidad humana e ignora, subyuga o suplanta la autonomía de decisión de las personas, no está haciendo un ejercicio consecuente con el ideario de izquierda.

No proceder de esa forma implicaría, muy tristemente, prestarse al juego de las derechas y, en último términos, darles la razón. Recordemos que el pensamiento conservador de derechas trata de presentar a sus contrapartes del lado izquierdo del espectro político, apelando justamente a esos errores históricos: sacan a relucir los grandes fallos del proyecto soviético y, enseguida, enfatizan el amoldamiento de la mayor parte de las izquierdas –en particular, en lo que nos compete, las izquierdas latinoamericanas– a la hegemonía ideológica soviética.

Desde luego, las derechas políticas no son, ni mucho menos, un dechado de coherencia. A lo largo de la historia, una y otra vez, condenan o glorifican un proyecto político según que éste se amolde a sus preferencias ideológicas y a los intereses que, a través de esa ideología, representan. Pero, en fin, no se supone que las izquierdas debemos ser como las derechas. Mejor dicho: se supone que somos radicalmente otra cosa. Las derechas representan y defienden el statu quo, con sus privilegios, iniquidades, exclusiones y sus diversas formas de violencia. Lo que se amolde o perpetúe ese statu quo recibe su aplauso; lo que lo rete o cuestione será entonces atacado. Entonces la democracia y la moral devienen un juego de plasticina, moldeadas a conveniencia, de forma oportunista y acomodaticia.


Las izquierdas, por su parte, quieren superar el estado de cosas vigente, pero no para reestablecer un nuevo estatus quo que reconstruya pero perpetúe la injusticia, sino para empujar y aprovechar el potencial de creación de justicia y libertad que nace de sociedades dinámicas, abiertas permanentemente al más amplio escrutinio crítico y democrático por parte de la ciudadanía y, por lo tanto, dispuestas a reconocer sus vicios y fallos y a buscar, de continuo, la forma de mejorarlos, para ser más justas, más libres y más democráticas, en un sentido sustantivo. Pero admitiendo, asimismo, que incluso grandes avances logrados en un determinado momento, pueden con el tiempo degradarse y decaer, haciendo obligatorio nuevas búsquedas y nuevos intentos de cambio. No se trata, por lo tanto, de pretender fundar la “sociedad perfecta”, una idea en sí misma absurda, puesto que la nuestra es, inevitablemente, una sociedad humana y, por lo tanto, tan imperfecta como somos los seres humanos que la formamos. Lo cual también descarta la pretensión de una sociedad donde todas las contradicciones habrán sido superadas y resueltas y la cual, por lo tanto, queda instalada en una especie de estado de nirvana perpetuo: el reino de las armonías definitivas para todos los tiempos por venir. Todo lo cual, por otra parte, contradice la idea básica que anima los idearios de izquierda, precisamente porque éstos recuperan el carácter dinámico y evolutivo de las sociedades humanas, un incesante flujo de cambio y transformación. Sería optar por una visión conservadora el imaginar que ese fluir incesante hubiera de detenerse alguna vez.

Ser de izquierda conlleva, por lo tanto, reconocer el carácter dinámico, creativo y complejo de las sociedades humanas, y, en lo político, implica la opción por una lucha que haga que ese cambio sea para mejor, o sea, para construir mejores sociedades. Pero ese desprenderse de las rémoras paralizantes del statu quo –cualquiera sea éste– conlleva un compromiso irrenunciable con la búsqueda de la verdad, como igualmente la opción por construir mejores sociedad implica también un compromiso moral irrenunciable a favor de la dignidad de cada vida humana, de todas las vidas humanas, por igual y sin excepción. Y, por cierto, nada podría ser más radical –más allá de cualquier altisonante discurso– que la reivindicación radical de la dignidad humana, en sociedades capitalistas que, de continúo, niegan, subyugan  y envilecen esa dignidad.

Las izquierdas del siglo XXI deben levantarse por encima de los errores que empequeñecieron a las izquierdas del siglo XX, recuperando, hasta sus últimas consecuencias, esa adhesión a la verdad y a la dignidad humana y, de paso, reconstituyendo su capacidad de diálogo y entendimiento con quienes estén dispuestos a colaborar en esa enorme tarea colectiva de construcción emancipatoria. Y esto no admite dobleces: no es que la violencia contra la dignidad humana se denuncia a veces si, a veces no. Se denuncia y se combate siempre, venga de quien venga y con mucho mayor énfasis cuando proviene de quien dice representar o liderar una propuesta de izquierda. Y no es que la verdad la buscamos a veces si, a veces no. La buscamos siempre, incluso si de por medio hay errores, vicios o corruptelas acaecidas al interior de los propios movimientos de izquierda o por parte de liderazgo que se autodefinen de izquierda. Y, ciertamente, en tales casos con mucha mayor obligación. De las derechas no cabe esperar coherencia moral ni intelectual; en las izquierdas esa coherencia es un imperativo irrenunciable. No proceder de esa forma sería corromper al espíritu más fundamental que hace de las izquierdas una fuerza transformadora, liberadora y de avanzada. No actuar así sería desdecir la superioridad moral que las izquierdas deben cultivar con celo y que, a la larga, son su más poderosa arma para enfrentar la lucha política con las derechas.

Resumo: recuperar y dar plena vigencia a la utopía en el latido de cada vida vivida con dignidad.

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